miércoles, 6 de septiembre de 2017

"LA ISLA DESIERTA" Roberto Arlt

La isla desierta
(Burlería en un solo acto)
Roberto Arlt
PERSONAJES
El jefe
Manuel
María
Empleado 1°
Empleado 2°
Tenedor de libros
Empleada 1°
Empleada 2°
Empelada 3°
Cipriano (mulato)
Director

ACTO ÚNICO
ESCENA  
Oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando un cielo infinito caldeado en azul. Frente a las mesas escritorios, dispuestos en hilera como reclutas, trabajan, inclinados sobre las máquinas de escribir, los empleados. En el centro y en el fondo del salón, la mesa del JEFE, emboscado tras unas gafas negras y con el pelo cortado como la pelambre de un cepillo. Son las dos de la tarde, y una extrema luminosidad pesa sobre estos desdichados simultáneamente encorvados y recortados en el espacio por la desolada simetría de este salón en un décimo piso.  
EL JEFE. -Otra equivocación, Manuel.
MANUEL. -¿Señor?
EL JEFE. -Ha vuelto a equivocarse, Manuel.
MANUEL. -Lo siento, señor.
EL JEFE. -Yo también. (Alcanzándole la planilla.) Corríjala. (Un minuto de silencio.)
EL JEFE. -María.
MARÍA. -¿Señor?
EL JEFE. -Ha vuelto a equivocarse, María.
MARÍA. -(Acercándose al escritorio del JEFE). -Lo siento, señor.
EL JEFE. -También yo lo voy a sentir cuando tenga que hacerlos echar. Corrija.
Nuevamente hay otro minuto de silencio. Durante este intervalo pasan chimeneas de buques y se oyen las pitadas de un remolcador y el bronco pito de un buque. Automáticamente todos los EMPLEADOS enderezan las espaldas y se quedan mirando por la ventana.
EL JEFE. (Irritado) -¡A ver si siguen equivocándose! (Pausa)
EMPLEADO 1º. (con un apagado grito de angustia) -¡Oh! No; no es posible. (Todos se vuelven hacia él).
EL JEFE. (Con venenosa suavidad) -¿Qué no es posible, señor?
MANUEL. -No es posible trabajar aquí.
EL JEFE. -¿No es posible trabajar aquí? ¿Y por qué no es posible trabajar aquí? (Con lentitud) ¿Hay pulgas en las sillas? ¿Cucarachas en la tinta?
MANUEL. (Poniéndose de pie y gritando) -¡Cómo no equivocarse! ¿Es posible no equivocarse aquí? Contésteme. ¿Es posible trabajar sin equivocarse aquí?
EL JEFE. -No me falte, Manuel. Su antigüedad en la casa no lo autoriza a tanto. ¿Por qué se arrebata?
MANUEL. -Yo no me arrebato, señor. (Señalando la ventana.) Los culpables de que nos equivoquemos son esos malditos buques.
EL JEFE. (Extrañado) -¿Los buques? (Pausa.) ¿Qué tienen los buques?
MANUEL. –Sí, los buques. Los buques que entran y salen, chillándonos en las orejas, metiéndosenos por los ojos, pasándonos las chimeneas por las narices. (Se deja caer en la silla.) No puedo más.
TENEDOR DE LIBROS. -Don Manuel tiene razón. Cuando trabajábamos en el subsuelo no nos equivocábamos nunca.
MARÍA. -Cierto; nunca nos sucedió esto.
EMPLEADA 1ª. -Hace siete años.
EMPLEADO 1º. -¿Ya han pasado siete años?
EMPLEADO 2º. -Claro que han pasado.
TENEDOR DE LIBROS. -Yo creo, jefe, que estos buques, yendo y viniendo, son perjudiciales para la contabilidad.
EL JEFE. -¿Lo creen?
MANUEL. -Todos lo creemos. ¿No es cierto que todos lo creemos?
MARÍA. -Yo nunca he subido a un buque, pero lo creo.
TODOS. -Nosotros también lo creemos.
EMPLEADA 2ª. - Jefe, ¿ha subido a un buque alguna vez?
EL JEFE. -¿Y para qué un jefe de oficina necesita subir a un buque?
MARÍA. -¿Se dan cuenta? Ninguno de los que trabajan aquí ha subido a un buque.
EMPLEADA 2ª. -Parece mentira que ninguno haya viajado.
EMPLEADO 2º. -¿Y por qué no ha viajado usted?
EMPLEADA 2ª. -Esperaba casarme ...
TENEDOR DE LIBROS. -Lo que es a mí, ganas no me han faltado.
EMPLEADO 2º. -Y a mí. Viajando es como se disfruta.
EMPLEADA 3ª. -Vivimos entre estas cuatro paredes como en un calabozo.
MANUEL. -Cómo nos equivocamos. Estamos aquí suma que te suma, y por la ventana no hacen nada más que pasar barcos que van a otras tierras. (Pausa) A otras tierras que no vimos nunca. Y que cuando fuimos jóvenes pensamos visitar.
EL JEFE. (Irritado) -¡Basta! ¡Basta de charlar! ¡Trabajen!
MANUEL. -No puedo trabajar.
EL JEFE. -¿No puede? ¿Y por qué no puede, don Manuel?
MANUEL. -No. No puedo. El puerto me produce melancolía.
EL JEFE. -Le produce melancolía. (Sardónico) Así que le produce melancolía. (Conteniendo su furor.) Siga, siga su trabajo.
MANUEL. -No puedo.
EL JEFE. -Veremos lo que dice el director general.  (Sale violentamente)
MANUEL. -Cuarenta años de oficina. La juventud perdida.
MARÍA. -¡Cuarenta años! ¿Y ahora? ...
MANUEL. -¿Y quieren decirme ustedes para qué?
EMPLEADA 3ª. -Ahora lo van a echar ...
MANUEL. -¡Qué me importa! Cuarenta años de Debe y Haber. De Caja y Mayor. De Pérdidas y Ganancias.
EMPLEADA 2ª. -¿Quiere una aspirina, don Manuel?
MANUEL. -Gracias, señorita. Esto no se arregla con aspirina. Cuando yo era joven creía que no podría soportar esta vida. Me llamaban las aventuras ... los bosques. Me hubiera gustado ser guardabosque. O cuidar un faro ... 
TENEDOR DE LIBROS. -Y pensar que a todo se acostumbra uno.
MANUEL. -Hasta a esto ...
TENEDOR DE LIBROS. -Sin embargo, hay que reconocer que estábamos mejor abajo. Lo malo es que en el subsuelo hay que trabajar con luz eléctrica.
MARÍA. -¿Y con qué va a trabajar uno si no?
EMPLEADO 1º. -Uno estaba allí tan tranquilo como en el fondo de una tumba.
TENEDOR DE LIBROS. -Cierto, se parece a una tumba. Yo muchas veces me decía: “Si se apaga el sol, aquí no nos enteramos” ...
MANUEL. -Y de pronto, sin decir agua va, nos sacan del sótano y nos meten aquí. En plena luz. ¿Para qué queremos tanta luz? ¿Podés decirme para qué queremos tanta luz?
TENEDOR DE LIBROS. -Francamente, yo no sé ...
EMPLEADA 2ª. -El jefe tiene que usar lentes negros ...
EMPLEADO 2º. -Yo perdí la vista allá abajo ...
EMPLEADO 1º. -Sí, pero estábamos tan tranquilos como en el fondo del mar.
TENEDOR DE LIBROS. -De allí traje mi reumatismo.
Entra el ordenanza CIPRIANO, con un uniforme color de canela y un vaso de agua helada. Es MULATO, simple y complicado, exquisito y brutal, y su voz por momentos persuasiva.
MULATO. -¿Y el jefe?
EMPLEADA 2ª. -No está. ¿No ve que no está?
EMPLEADA 3ª. -Fue a la Dirección ...
MULATO. (mirando por la ventana) -¡Hoy llegó el “Astoria”! Yo lo hacía en Montevideo.
EMPLEADA 2ª. (acercándose a la ventana) -¡Qué chimeneas grandes tiene!
MULATO -Desplaza cuarenta y tres mil toneladas ... 
EMPLEADO 1º. -Ya bajan los pasajeros ...
MANUEL. -Y nosotros quisiéramos subir.
MULATO. -Y pensar que yo he subido a casi todos los buques que dan vuelta por los puertos del mundo ...
EMPLEADO 2º. -Hablaron mucho los diarios ...
MULATO. -Sé los pies que calan. En qué astilleros se construyeron. El día que los botaron. Yo, cuando menos merecía ser ingeniero naval.
EMPLEADO 2º. -Vos, ingeniero naval ... No me hagas reír.
MULATO. -O capitán de fragata. He sido grumete, lavaplatos, marinero, cocinero de veleros, maquinista de bergantines, timonel de sampanes, contramaestre de paquebotes ...
EMPLEADO 2º. -¿Por dónde viajaste? ¿Por la línea del Tigre o por la de Constitución?
MULATO. (Sin mirar al que lo interrumpe) -Desde los siete años que doy vueltas por el mundo y juro que jamás en la vida me he visto entre chusma tan insignificante como la que tengo que tratar a veces ...
MARÍA. -( A Empleada 1ª) -A buen entendedor ...
MULATO. -Conozco el mar de las Indias. El Caribe, el Báltico ... hasta el océano Ártico conozco. Las focas recostadas en los hielos lo miran a uno como mujeres aburridas sin moverse ...
EMPLEADO 2º. -¡Ché, debe hacer un fresco bárbaro por ahí!
EMPLEADA 2ª. -Cuente, Cipriano, cuente. No haga caso.
MULATO. (sin volverse) -Aviada estaría la luna si tuviera que hacer caso de los perros que ladran. En un zampán me he recorrido el Ganges. Y había que ver los cocodrilos que nos seguían ...
MARÍA. -No sea exagerado, Cipriano.
MULATO. -Se lo juro, señorita.
EMPLEADO 2º. -Indudablemente, éste no pasó de San Fernando.
MULATO. (Violento) -A mí nadie me trata de mentiroso, ¿sabe? (Arrebatado, se quita la chaquetilla, y luego la camisa, que muestra una camiseta roja, que también se saca)
EMPLEADA 1ª. -¿Qué hace, Cipriano?
EMPLEADA 2ª. -¿Está loco?
EMPLEADA 3ª. -Cuidado, que puede venir el jefe.
MULATO. -Vean, estos tatuajes. Digan si éstos son tatuajes hechos entre la línea del Tigre o Constitución. Vean ...
EMPLEADA 2ª. -¡Una mujer en cueros!
MULATO. -Este tatuaje me lo hicieron en Madagascar, con una espina de tiburón.
EMPLEADO 2º. -¡Qué mala espina!
MULATO. -Vean esta rosa que tengo sobre el ombligo. Observen qué delicadeza de pétalos. Un trabajo de indígenas australianos.
EMPLEADO 2º. -¿No será una calcomanía?
EMPLEADA 2ª. -¡Qué va a ser una calcomanía! Este es un tatuaje de veras.
MULATO. -Le aseguro, señorita, que si me viera sin pantalones se asombraría ...
TODOS. -¡Oh ... ah! ...
MULATO. (Enfático) -Sin pantalones soy extraordinario.
EMPLEADA 1ª. -No se los pensará quitar, supongo.
MULATO. -¿Por qué no?
EMPLEADA 3ª. -No, no se los quite.
MULATO. -No voy a quedar desnudo por eso. Y verán que tatuajes tengo labrados en las piernas.
EMPLEADA 1ª. -Es que si entra alguien ...
EMPLEADA 3ª. -Cerrando la puerta. (Va a la puerta.)
MULATO. -(Quitándose los pantalones y quedando con un calzoncillo corto y rojo con lunares blancos) -Miren estos dibujos. Son del más puro estilo malasio. ¿Qué les parece esta guarda de monos pelando bananas? (Murmullo de “Oh ... ah ...”) Lo menos que merezco es ser capitán de una isla. (Toma un pliego de papel madera y rasgándolo en tiras se lo coloca alrededor de la cintura.) Así van vestidos los salvajes de las islas.
EMPLEADA 1ª. ¿A las mujeres también les hacen tatuajes ...?
MULATO. -Claro. ¡Y qué tatuajes! Como para resucitar a un muerto.
EMPLEADA 2ª. -¿Y es doloroso tatuarse?
MULATO. -No mucho ... Lo primero que hace el brujo tatuador es ponerlo a uno bajo un árbol ...
EMPLEADA 2ª. -Uy, qué miedo.
MULATO. -Ningún miedo. El brujo acaricia la piel hasta dormirla. Y uno acaba por no sentir nada.
EMPLEADO 1º. -Claro ...
MULATO. -Siempre bajo los árboles hay hombres y mujeres haciéndose tatuar. Y uno termina por no saber si es un hombre, un tigre, una nube o un dragón.
TODOS. -¡Oh, quién lo iba a decir! ¡Si parece mentira!
MULATO.  (Fabricándose una corona con papel y poniéndosela.) -Los brujos llevan una corona así y nadie los mortifica.
EMPLEADA 1ª. -Es notable.
EMPLEADA 2ª. -Las cosas que se aprenden viajando ...
MULATO. -Allá no hay jueces, ni cobradores de impuestos, ni divorcios, ni guardianes de plaza. Cada hombre toma la mujer que le gusta y cada mujer al hombre que le agrada. Todos viven desnudos entre las flores, con collares de rosas colgantes del cuello y los tobillos adornados de flores. Y se alimentan de ensaladas de magnolias y sopas de violetas.
TODOS. -Eh, eh ...
EMPLEADA 2ª. -¡Eh! ¡Cipriano, que no nacimos ayer!
MULATO. -Juro que se alimentan de ensaladas de magnolias.
TODOS. -No.
MULATO. -Sí.
EMPLEADO 2º. -Mucho ... mucho ...
MULATO. -Digo que sí. Y además los árboles están siempre cargados de toda clase de fruta.
MANUEL. -No será como la que uno compra aquí, en la feria.
MULATO. -Allá no. Cuelgan libremente de las ramas y quien quiere, come y quien no quiere, no come ... y por la noche, entre los grandes árboles, se encienden fogatas y ocurre lo que es natural que ocurra entre hombres y mujeres.
EMPLEADA 1ª. -¡Qué países, qué países!
MULATO. -Y digo que es muy saludable vivir así libremente. Al otro día la gente trabaja con más ánimo en los arrozales y si uno tiene sed (toma el vaso de agua y bebe) parte un coco y bebe su deliciosa agua fresca.
MANUEL. -(Tirando violentamente un libro al suelo) -¡Basta!
MULATO. -¿Basta qué?
MANUEL. -Basta de noria. Se acabó. Me voy.
EMPLEADA 2ª. -¿A dónde va, don Manuel?
MANUEL. -A correr mundo. A vivir la vida. Basta de oficina. Basta de malacate. Basta de números. Basta de reloj. Basta de aguantarlo a este otro canalla. (Señala la mesa del jefe. Pausa. Perplejidad.)
EMPLEADO 1º. -¿Quién es el otro?
TODOS. -¿Quién es?
MANUEL. -(Perplejo) -El otro ... el otro ... el otro ... soy yo.
EMPLEADA 3ª. -¡Usted don Manuel!
MANUEL. -Sí, yo; que desde hace veinte años le llevo los chismes al jefe. Mucho tiempo hacía que me amargaba este secreto. Pero trabajábamos en el subsuelo y en el subsuelo las cosas no se sienten.
TODOS. -¡Oh! ...
EMPLEADO 1º. -¿Qué tiene que ver el subsuelo?
MANUEL. -No sé. La vida no se siente. Uno es como una lombriz solitaria en un intestino de cemento. Pasan los días y no se sabe cuándo es de día, cuándo es de noche. Misterio. (Con desesperación) Pero un día nos traen a este décimo piso. Y en el cielo, las nubes, las chimeneas de los transatlánticos se nos entran en los ojos. Pero entonces, ¿existía el cielo? Pero entonces, ¿existían los buques? ¿Y las nubes existían? ¿Y uno, por qué no viajó? Por miedo. Por cobardía. Mírenme. Viejo. Achacoso. ¿Para qué sirven mis cuarenta años de contabilidad y de chismerío?
MULATO. (Enfático) -Ved cuán noble es su corazón. Ved cuán responsables son sus palabras. Ved cuán inocentes son sus intenciones. Ruborizaos, amanuenses. Llorad lágrimas de tinta. Todo vosotros os pudrireis como asquerosas ratas entre estos malditos libros. Un día os encontrareis con el sacerdote que vendrá a suministraros la extramaunción. Y mientras os unten con aceite la planta de los pies, os direis: “¿Qué he hecho de mi vida? Consagrarla a la teneduría de libros. Bestias.
MANUEL. -Quiero vivir los pocos años que me quedan de vida en una isla desierta. Tener mi cabaña a la sombra de una palmera. No pensar en horarios.
EMPLEADO 1º. -Iremos juntos, don Manuel.
MARÍA. -Yo iría, pero para cumplir este deseo tendría que cobrar los meses de sueldo que me acuerda la ley 11.729.
EMPLEADO 2º. -Para que nos amparase la ley 11.729, tendrían que echarnos.
MULATO. -Aprovechen ahora que son jóvenes. Piensen que cuando les estén untando con aceite la planta de los pies no podrán hacerlo.
MARÍA. -La pena es que tendré que dejar a mi novio.
EMPLEADO 2º. -¿Por qué no lo conserva en un tarro de pickles?
EMPLEADA 2ª. -Cállese, odioso.
MULATO. -Señores, procedamos con corrección. Cuando don Manuel declaró que él era el chismoso, una nueva aurora pareció cernirse sobre la humanidad. Todos le miramos y nos dijimos: “He aquí un hombre honesto; he aquí un hombre probo; he aquí la estatua misma de la virtud cívica y ciudadana”. (Grave.) Don Manuel. Usted ha dejado de ser don Manuel. Usted se ha convertido en Simbad el Marino.
EMPLEADA 3ª. -¡Qué bonito!
MANUEL. -Ahora, lo que hay que buscar es la isla desierta.
TENEDOR DE LIBROS. -¿Hay todavía islas desiertas?
MULATO. -Sí, las hay. Vaya si las hay. Grandes islas. Y con árboles de pan. Y con plátanos. Y con pájaros de colores. Y con sol desde la mañana a la noche.
EMPLEADO 2º. -¿Y nosotros? ...
MULATO. -¿Cómo nosotros?
EMPLEADA 2ª. -¿Claro? ¿Y a nosotros nos van a largar aquí?
MULATO. -Vengan ustedes también.
TODOS. -Eso ... vámonos todos.
MULATO. -Ah ... y qué les diré de las playas de coral.
EMPLEADA 1ª. -Cuente, Cipriano, cuente.
MULATO. -Y los arroyuelos cantan entre las breñas. Y también hay negros. Negros que por la noche baten el tambor. Así.

El MULATO toma la tapa de la máquina de escribir y comienza a batir el tam tam ancestral, al mismo tiempo que oscila simiesco sobre sí mismo. Sugestionados por el ritmo, van entrando todos en la danza.
MULATO. (A tiempo que bate el tambor) -Y también hay hermosas mujeres desnudas. Desnudas de los pies a la cabeza. Con collares de flores. Que se alimentan de ensaladas de magnolias. Y hermosos hombres desnudos. Que bailan bajo los árboles, como ahora nosotros bailamos aquí ...
De aromas ...
Histéricamente todos los hombres se van quitando los sacos, los chalecos, las corbatas; las muchachas se recogen las faldas y arrojan los zapatos. El MULATO bate frenéticamente la tapa de la máquina de escribir. Y canta un ritmo de rumba.
La hoja de la bananera
De verde ya se madura
Quien toma prenda de joven
Tiene la vida segura.
La danza se ha ido generalizando a medida que habla el MULATO, y los viejos, los empleados y las empleadas giran en torno de la mesa, donde como un demonio gesticula, toca el tambor y habla el condenado negro.
Y bailan, bailan, bajo los árboles cargados de frutas ...  
La hoja de la bananera ...

EL JEFE. -(entrando bruscamente con el DIRECTOR, con voz de trueno) -¿Qué pasa aquí?
MARÍA. -(después de alguna vacilación) -Señor ... esta ventana maldita y el puerto ... Y los buques ... esos buques malditos ...
EMPLEADA 2ª. -Y este negro.
DIRECTOR. -Oh ... comprendo ... comprendo. (Al JEFE) Despida a todo el personal. Haga poner vidrios opacos en la ventana.
TELÓN

ROBERTO ARLT

viernes, 18 de agosto de 2017

"Sinfonía en gris mayor" Rubén Darío


SINFONÍA EN GRIS MAYOR

El mar como un vasto cristal azogado
refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.

El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.

Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.

La espuma impregnada de yodo y salitre
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.

En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas partió el bergantín...

La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.

La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.
Rubén Darío, 1896 “Prosas Profanas”

Sinfonía en gris mayor. Rubén Darío













Cuando compre un espejo para el baño...

Cuando compre un espejo para el baño
voy a verme la cara
voy a verme
pues qué otra manera hay decíme
qué otra manera de saber quién soy.
Cada vez que desprenda la cabeza
del fárrago de libros y de hojas
y que la lleve hueca atiborrada
y la deje en reposo allí un momento
la miraré a los ojos con un poco
de ansiedad de curiosidad de miedo
o sólo con cansancio con hastío
con la vieja amistad correspondiente
o atenta y seriamente mirarme
como esa extraña vez—mis once años—
y me diré mirá ahí estás
seguro
pensaré no me gusta o pensaré
que esa cara fue la única posible
y me diré esa soy yo ésa es idea
y le sonreiré dándome ánimos.


De: Nocturnos. IDEA VILARIÑO.





viernes, 16 de junio de 2017

DELMIRA AGUSTINI


DELMIRA AGUSTINI (1886-1914)
Delmira Agustini nació en Montevideo en 1886, en un hogar acomodado donde privaban el mal gusto y el convencionalismo habituales. Tuvo su piano, su bordado, su pintura, su Club Uruguay, su traje de bodas de encaje de Bruselas. Era ostentosamente bella. Amó y fue amada.
Se casó un 14 de agosto de 1913 con Enrique Job Reyes, luego de un largo noviazgo de seis años. Al mes de la boda, Delmira volvió a su hogar paterno. Iniciándose un juicio de divorcio, la poetisa continuó viendo a Enrique esporádicamente. Imprevistamente, su vertiginoso tránsito de amor se vio quebrado en 1914, el 6 de julio de ese año fue asesinada por su ex-marido, Enrique Job Reyes, quien en seguida se suicidó. Eligió el amor y encontró la angustia y la muerte.-
Su temprana partida no frustró su producción literaria, el tema principal de amor ya había sido ahondado y profundizado en varias manifestaciones. Escribió desde sus diez años y dejó material inédito que fue publicado póstumamente. Sin embargo, faltó el tiempo de autocrítca y la depuración de sus poemas que oscilan entre la perfección del logro y la necesidad de reconstrucción u olvido.

Obras de Delmira Agustini:

·         El libro blanco (1907).
·         Cantos de la mañana (1910).
·         Los cálices vacíos (1913).
·         El rosario de Eros (1924, póstuma).
·         Los astros del abismo (1924, póstuma).
·         Correspondencia íntima (1969, póstuma).
La obra de Delmira se caracteriza por una expresión de ensoñaciones amorosas que denotan soledad, plenitud en el goce y el sufrimiento, una dualidad marcada por la variación entre el cuerpo y lo espiritual.
Cabe señalar en El libro blanco, Cantos de la Mañana, Los cálices vacíos y La isla de los Cánticos, la presencia de un gran tema: el amor.
Pero el amor en estos conjuntos es algo mucho más trascendente que la consabida tragedia femenina obsesiva y polarizante. El amor es fuente de poesía, eje existencial, ahondamiento del ser; canto y rnetafísica a la vez.
Delmira clama por él desde El Libro Blanco en un conjunto de poemas agrupados hacia el final de la selección: " Íntimo", "Explosión", "Amor", "El Intruso", "Desde lejos" y "la Copa del Amor". Es la etapa del amor presentido. En Cantos de la Mañana,  aparece el amor vivido, dador de gozo ("Primavera") o engendrador de sufrimiento ("El Vampiro"). En Los Cálices Vacíos, sé da la -tercera instancia: el amor consumado, que culmina su vertiente profunda en el poema "Visión".

Ya hemos enunciado, al reparar en la absorbente presencia del  tema del amor en la poesía de Delmira Agustini, que pueden señalarse tres instancias aproximadamente coincidentes con los tres libros editados en su vida: El Libro blanco, presentimiento del amor; Cantos de la Mañana, el amor vivido con el hallazgo del Tú; Cálices Vacíos, el amor consumado en la conjunción con el amante.
El amor del que trató es uno, más allá de las diferentes etapas de su producción, la poetisa trata y expone una concepción del amor que deriva luego en una exposición del amar en sí. Algunos elementos son recurrentes en su obra como el material onírico (los sueños), espacio que alimenta la inspiración delmiriana y llena de vastas imágenes su poesía.
Asimismo, podemos reconocer en su poesía un “tú” inmediato al que el poeta se refiere, éste es siempre mudo, pero no por ello deja la poetisa de demostrar una vibración constante y un puente que tiende entre uno y otro, que deriva en un torrente de imágenes.
La autora a analizar forma parte de la literatura del 900´(Generación del 900´) y por ende, su contexto histórico se caracteriza por un movimiento anteriormente abordado, El Modernismo, por ello presenta características afines.


Para mantenerlo presente: según el Diccionario de la Lengua Española (RAE) el Modernismo fue un “movimiento artístico que, en Hispanoamérica y en España, entre finales del siglo XIX y principios del XX, se caracterizó por su voluntad de independencia y la configuración de un mundo refinado, que en la literatura se concreta en innovaciones lingüísticas, especialmente rítmicas, y en una sensibilidad abierta a diversas culturas, particularmente a las exóticas”. Ya hemos trabajado con Rubén Darío, máximo representante del Modernismo, las características principales de este movimiento. Delmira Agustini asimila sus temas, métrica, tono, sonoridad, estructura estrófica, en fin, la idea de cómo debe ser el arte y cuál es el papel de la artista y su producción.
“Amor”: El primer poema electo de la poetisa Delmira Agustini “Amor” pertenece a “El libro blanco” publicado en 1907(auge del Modernismo). A su vez, este poema está agrupado con otros poemas bajo el sub-título “Orla rosa”.
Todos éstos se caracterizan por revelar la manera delmiriana de sentir amor y ésta se deja ver desde el inicio en el propio nombre del libro, destacando el color blanco como reflejo o símbolo de la castidad (comportamiento voluntario a la moderación y adecuada regulación de los placeres y/o actos sexuales, ya sea por motivos religiosos o sociales) y otras perspectivas e ideas que se presentan en sus letras.
Por otro lado, la franja rosa agrupa a los últimos siete poemas, es una mezcla de ese blanco con el rojo, asociado siempre a la pasión, rasgo de la voz delmiriana.
Son dos opuestos conjugados, que le otorgan a su obra la expresión de temáticas claramente modernistas, sumándole además una impronta propia donde se unen y evocan la pasión y el sentimiento.
Los temas e ideas básicos de su poesía son: la sexualidad, la vivencia onírica, la muerte, lo sobrehumano, además de la pasión y la angustia anteriormente señaladas.
Además de la influencia modernista, recurre al simbolismo(los símbolos) como lenguaje poético dominante.
La poetisa a estudiar se caracteriza por una sensibilidad desenfrenada que conjuga un mundo interior con una multiplicidad de imágenes que expresan su sentir y experiencia poética.
Más allá de su trágica historia amorosa que ha despertado a lo largo del tiempo múltiples opiniones, la joven Delmira Agustini forma parte de una Generación clave dentro de nuestra literatura, calidad excepcional siempre rescatada por los críticos.-

Bibliografía utilizada:

  • Blixen, Carolina. Poesía de Delmira Agustini. Montevideo. Ediciones del Pizarrón,2000.
  • Capítulo Oriental. Las poetisas del 900: Delmira y María Eugenia. Centro de Editores de América Latina.
  • Zum Felde. Proceso intelectual de Uruguay, tomo II. Montevideo. Ed. De Nuevo Mundo, 1967.
  • Diccionario de la Lengua Española RAE, Ed. Gredos, Madrid, 2005.

viernes, 7 de abril de 2017

Cuento "La pelota" Felisberto Hernández

La pelota

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita -pronto para correr- yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota seria como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra y que no había más remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo seria más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi como ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas "patadas' me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o estábamos tristes comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una "patada" bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En el almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacia al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.

Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la respiración. Y después yo me fui quedando dormido.

lunes, 13 de marzo de 2017

"A la deriva"

A LA DERIVA


El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararácusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves...

Y cesó de respirar.


                                               Quiroga, Horacio. Cuentos de amor, de locura y de muerte.