ASIGNATURA
LITERATURA 3º ros 7 y 8 Prof: Mª Eugenia Suárez
2016.-
Francisco Espínola -
Rodríguez
Como aquella luna había puesto todo igual, igual
que de día, ya desde el medio del Paso, con el agua al estribo, lo vio
Rodríguez hecho estatua entre los sauces de la barranca opuesta. Sin dejar de
avanzar, bajo el poncho la mano en la pistola por cualquier evento, él le fue
observando la negra cabalgadura, el respectivo poncho más que colorado. Al
pisar tierra firme e iniciar el trote, el otro, que desplegó una sonrisa,
taloneó, se puso también en movimiento, y se le apareó. Desmirriado era el
desconocido y muy, muy alto. La barba aguda, renegrida. A los costados de la
cara, retorcidos esmeradísimamente, largos mostachos le sobresalían.
A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con lo flaco que
estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención a los bigotes no le
sentaba.
-¿Va para aquellos lados, mozo? - le llegó con melosidad.
Con el agregado de semejante acento, no precisó más Rodríguez para retirar la
mano de la culata. Y ya sin el menor interés por saber quién era el importuno,
lo dejó, no más, formarle yunta y siguió su avance a través de la gran
claridad, la vista entre las orejas de su zaino, fija.
-¡Lo que son las cosas, parece mentira!... ¡Te vi caer al paso, mirá... y
simpaticé enseguida!
Le clavó un ojo Rodríguez, incomodado por el tuteo, al tiempo que el
interlocutor le lanzaba, también al sesgo, una mirada que era un cuchillo de
punta, pero que se contrajo al hallar la del otro y, de golpe, quedó cual la
del cordero.-Por eso, por eso, por ser vos, es que me voy al grano, derecho.
¿Te gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta?
Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó sin
respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio, Rodríguez
volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto que, inclinándose a un
lado del zaino, escupió.
-Alegrate, alegrate mucho, Rodríguez -seguía el ofertante mientras, en el mejor
de los mundos, se atusaba, sin tocarse la cara, una guía del bigote-. Te puedo
poner a tus pies a la mujer de tus deseos. ¿Te gusta el oro?... Agenciate
latas, Rodríguez, y botijos, y te los lleno toditos. ¿Te gusta el poder, que
también es lindo? Al momento, sin apearte del zaino, quedarás hecho comisario o
jefe político o coronel. General, no, Rodríguez, porque esos puestos los tengo
reservados. Pero de ahí para abajo... no tenés más que elegir.
Muy fastidiado por el parloteo, seguía mudo, siempre, siempre sosteniendo la mirada
hacia adelante, Rodríguez.
-Mirá, vos no precisás más que abrir la boca...
-¡Pucha que tiene poderes, usted! -fue a decir, Rodríguez; pero se contuvo para
ver si, a silencio, aburría al cargoso.
Este, que un momento aguardó tan siquiera una palabra, sintióse invadido como
por el estupor. Se acariciaba la barba; de reojo miró dos o tres veces al
otro... Después, su cabeza se abatió sobre el pecho, pensando con intensidad. Y
pareció que se le había tapado la boca.
Asimismo bajo la ancha blancura, ¡qué silencio, ahora, al paso de los jinetes y
de sus sombras tan nítidas! De golpe pareció que todo lo capaz de turbarlo
había fugado lejos, cada cual con su ruido.
A las cuadras, la mano de Rodríguez asomó por el costado del poncho con
tabaquera y con chala. Sin abandonar el trote se puso a liar. Entonces, en
brusca resolución, el de los bigotes rozó con la espuela a su oscuro, que casi
se dio contra unos espinillos. Separado un poco así, pero manteniendo la marcha
a fin de no quedarse atrás, fue que dijo:
-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo!
Y siguió cabalgando en un tordillo como leche. Seguro de que, ahora si, había
pasmado a Rodríguez y, no queriendo darle tiempo a reaccionar, sacó de entre
los pliegues del poncho el largo brazo puro hueso, sin espinarse, manoteó una
rama de tala y señaló, soberbio:
-¡Mirá!
La rama se hizo víbora, se debatió brillando en la noche al querer librarse de
la tan flaca mano que la oprimía por el medio y, cuando con altanería el
forastero la arrojó lejos, ella se perdió a los silbidos entre los pastos.
Registrábase Rodríguez en procura de su yesquero. Al acompañante, sorprendido
del propósito, fulguraron los ojos. Pero apeló al poco de calma que le quedaba,
se adelantó a la intención y, dijo con forzada solicitud, otra vez muy montado
en el oscuro:
¡No te molestés! ¡Servite fuego, Rodríguez!Frotó la yema del índice con la del
dedo gordo. Al punto una azulada llamita brotó entre ellos. Corrióla entonces
hacia la uña del pulgar y, así, allí paradita, la presentó como en palmatoria.
Ya el cigarro en la boca, al fuego la acercó Rodríguez inclinando la cabeza, y
aspiró.
-¿Y?... ¿Qué me decís, ahora?
-Esas son pruebas -murmuró entre la amplia humada Rodríguez, siempre pensando
qué hacer para sacarse de encima al pegajoso.
Sobre el ánimo del jinete del oscuro la expresión fue un baldazo de agua fría.
Cuando consiguió recobrarse, pudo seguir, con creciente ahínco, la mente hecha
un volcán.
-¿Ah, sí? ¿Con que pruebas, no? ¿Y esto? Ahora miró de lleno Rodríguez, y afirmó
en las riendas al zaino, temeroso de que se le abrieran de una cornada. Porque
el importuno andaba a los corcovos en un toro cimarrón, presentado con tanto
fuego en los ojos que milagro parecía no le estuviera ya echando humo el cuero.
-¿Y esto otro? ¡Mirá qué aletas, Rodríguez! -se prolongó, casi hecho
imploración, en la noche.
Ya no era toro lo que montaba el seductor, era bagre. Sujetándolo de los
bigotes un instante, y espoleándolo asimismo hasta hacerlo bufar, su jinete lo
lanzó como luz a dar vueltas en torno a Rodríguez. Pero Rodríguez seguía
trotando. Pescado, por grande que fuera, no tenía peligro para el zainito.
-Hablame, Rodríguez, ¿y esto?... ¡por favor, fijate bien!... ¿Eh?... ¡Fijate!
-¿Eso? Mágica, eso.
Con su jinete abrazándole la cabeza para no desplomarse del brusco sofrenazo,
el bagre quedó clavado de cola.
-¡Te vas a la puta que te parió!
Y mientras el zainito -hasta donde no llegó la exclamación por haber surgido
entre un ahogo- seguía muy campante bajo la blanca, tan blanca luna tomando
distancia, el otra vez oscuro, al sentir enterrársele las espuelas, giró en dos
patas enseñando los dientes, para volver a apostar a su jinete entre los sauces
del Paso.