lunes, 13 de marzo de 2017

BIOGRAFÍA HORACIO QUIROGA


Biografía de Horacio Quiroga (1878 – 1937)

       Horacio Silvestre Quiroga Forteza nació el 31 de diciembre de 1878 en el departamento de Salto (Uruguay). Realizó sus estudios primarios, secundarios y técnicos en Montevideo.  Desde muy joven demostró interés por la literatura y el ciclismo. Fundó la “Sociedad de Ciclismo de Salto”, y logró unir en bicicleta las ciudades de Salto y Paysandú (120 km). 
 A la edad de veintidós años comienza a escribir poemas. Toma como modelos artísticos a Leopoldo Lugones y a Edgard Allan Poe. Colaboró con las publicaciones “La Revista” y “La Reforma”, y en 1899 fundó la “Revista de Salto” (publicación literaria).
 En 1890 viaja a París, donde conoce al escritor Rubén Darío, considerado el precursor del modernismo. Al regresar a su país, ayuda a su amigo Germán Papini Zas a prepararse para un duelo. Mientras Quiroga inspeccionaba el arma, ésta se dispara accidentalmente y muere su amigo. Tras esta tragedia decide radicarse en la Argentina. En Buenos Aires, donde también se desempeña laboralmente como docente de castellano, el escritor alcanzaría su madurez profesional. 
En 1906 Quiroga se instala en la provincia de Misiones, en las orillas del Alto Paraná. Allí vive con su esposa, Ana María Cires, con quien tiene dos hijos: Eglé y Darío. También es nombrado Juez de Paz en el Registro Civil de San Ignacio.
 En 1915, inmersa en una crisis depresiva, se suicida su esposa. Quiroga se vuelve a trasladar a Buenos Aires, donde se desempeña como cónsul de distrito de segunda clase y luego como cónsul adscrito.  En 1920 funda la “Agrupación Anaconda”, de carácter cultural. El diario argentino “La Nación” comienza a publicar sus relatos, que gozaban de una enorme popularidad. 
Entre 1922 y 1924 participó como secretario de una embajada cultural en Brasil. Por mucho tiempo se dedicó a la crítica cinematográfica, escribiendo para publicaciones como: “Atlántida”, “El Hogar” y “La Nación”. Hacia 1927 se casa con María Elena Bravo, compañera de escuela de su hija. En 1932 se radica nuevamente en Misiones, con su esposa y su tercera hija: María Elena. Como relata Quiroga en numerosas cartas dirigidas al escritor Enrique Amorín, su esposa no se adaptaba a la vida en el monte, razón por la cual peleaban frecuentemente. Falleció el 19 de febrero de 1937 en Buenos Aires. Luego de enterarse de que padecía un cáncer incurable, decidió poner fin a su vida.



Dentro de las obras de Horacio Quiroga se destacan: 
• “Los arrecifes de coral” (poesía, 1901),
• “El crimen de otro” (cuentos,1904),
• “Historia de un amor turbio” (novela, 1908), 
• “Cuentos de amor de locura y de muerte” (cuentos, 1917), 
• “Cuentos de la selva” (cuentos, 1918), 
• “El salvaje” (cuentos, 1920), 
• “Las sacrificadas” (teatro, 1920), 
• “El trípode llamado chengue” (cuentos, 1921), 
• “El desierto” (cuentos, 1924), 
• “Los desterrados” (cuentos, 1926), 
• “Pasado amor” (novela, 1929), 
• “Suelo natal” (libro de lectura para cuarto grado, 1931),
• “Más allá” (cuentos, 1935).

A propósito del CUENTO



GENERACIÓN DEL 900'


Para acercarnos a la Generación del 900´, debemos antes comprender a qué le llamamos “generación”:
·        
  •     Conjunto de escritores provenientes de un mismo país o región, nacidos en un lapso temporal cercano (según Petersen de 10 a 18 años),  que se identifican por su estilo, educación, herencia cultural y experiencia.
  •    “Conjunto de personas que por haber nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, se comportan de manera afín o comparable en algunos sentidos” RAE
  •     “Una generación es un estrecho círculo de individuos que, mediante su dependencia de los mismos grandes hechos y cambios que se presentaron en la época de su receptividad, forma un todo homogéneo a pesar de la diversidad de otros factores”. Dithey



La generación del 900’ según Emir Rodríguez Monegal fue “un estrecho círculo de individuos  que, mediante su dependencia de los mismos grandes hechos y cambios que se presentaron en la época de su receptividad, forma un todo homogéneo a pesar de la diversidad de otros factores”.
Algunos de sus integrantes más importantes son: Horacio Quiroga, Javier de Viana, Carlos Reyles, Julio Herrera y Reissig, María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini, Florencio Sánchez, Rodó, entre otros.
Petersen enumera ocho factores básicos que la forman, aunque cabe señalarse que no pueden aplicarse de manera tajante a cualquier generación, y que, como toda teorización, debe flexibilizarse llevada a la práctica.
  1.         Herencia familiar cultural.
  2.       Fecha de nacimiento: lapso temporal de 10 a 18 años.
  3.    Elementos educativos: en este caso, casi todos los integrantes de la generación fueron autodidactas y no de la cultura universitaria.
  4.    Comunidad Personal: Nacidos en Montevideo o con residencia en este departamento, fuente de contacto con Argentina.
  5.       Experiencia de la Generación: El Modernismo,
  6.        Caudillaje: modelo o paradigma a seguir, en este caso, Rubén Darío.
  7.       Anquilosamiento de la vieja generación

"Horacio Quiroga, formó parte de la Generación del 900´, escritores comprendidos entre 1895 y 1925 (…) Dentro de esta generación hubo dos tendencias bien definidas: por un lado, hay quienes deciden comprometer su obra con la realidad, para mejorarla a través de la denuncia y la crítica, como Florencio Sánchez; y por otro, están los escritores que se evaden de ella, justificando su arte en sí mismo, como Julio Herrera y Reissig. A los primeros se les llama escritores comprometidos y a los segundos, “torremarfilistas”. Horacio Quiroga evoluciona desde la primera tendencia hacia la segunda.
La generación del 900´surge en un contexto histórico-social que se caracteriza por el ascenso de la clase media y por el liberalismo político. Es la época en que nace el Batllismo, entorno a la figura de José Batlle y Ordóñez (…) Es una época de modernización y bienestar económico.
La literatura alcanza un momento de especial plenitud. Los autores se reúnen en cenáculos literarios como La Torre de los Panoramas, liderada por Julio Herrera y Reissig, o El Consistorio del Gay Saber, integrado por Horacio Quiroga y otros jóvenes salteños." Extraído de ¿Cómo es tu isla?.

Géneros Literarios


      Géneros  Literarios:




Algunas definiciones sobre géneros literarios:
  •        “Expresión con la que se denomina un modelo estructural que sirve como criterio de clasificación y agrupación de textos (atendiendo a las semejanzas de construcción, temática y modalidad de discurso literario) y como marco de referencia y expectativas para escritores y públicos” (Demetrio Estébanez Calderón. Diccionario de términos literarios, Madrid: Alianza, 1996).
  •        “Cada una de las distintas categorías o clases en que se pueden ordenar las obras literarias.” RAE
  •       “Los géneros literarios son los grupos en que se clasifican las obras literarias” ¿Cómo es tu isla? Romiti, Prida.



Los géneros literarios tradicionalmente aceptados son tres:
  • Épico o narrativo
  • Lírico
  • Dramático

Narrativo:
 Texto oral o escrito que cuenta, en la voz de un narrador, hechos protagonizados por personas (o seres personificados). Se caracteriza por la sucesión temporal de una o varias secuencias y una determinada organización estructural compuesta por un planteamiento, un desarrollo y un desenlace.

                                                Lírico:
Género literario que se caracteriza por ser cauce de expresión de la subjetividad del hombre, sus sentimientos y emociones al observarse a sí mismo y al contemplar el mundo en el que está inmerso.

                                              Dramático:
Escrito en verso o en prosa que representa un episodio o conflicto de los seres humanos a través del diálogo de los personajes y se diferencia de los demás géneros por su virtualidad teatral o posibilidad de representación pública sobre un escenario.




lunes, 24 de octubre de 2016

"Amor" Delmira Agustini

Ideas en relación a la primera estrofa del soneto "Amor".

A modo de inicio, la estrofa a analizar es la primera del poema denominado “Amor”, de Delmira Agustini, poeta uruguaya perteneciente a la Generación del 900´.  Dicho soneto forma parte de “El libro blanco”, específicamente, de una sub división llamada “Orla rosa”.
Como bien lo adelanta su título, el poema expresa la manera delmiriana de sentir amor como una fuerza superior eterna que todo la abarca. Dicho sentimiento no es constante y a lo largo de las tres estrofas atraviesa cambios, altibajos, múltiples sentires y emociones que se suscitan con el paso del tiempo –marcado por los cambios temporales-.
La primera estrofa se abre ubicándonos en un plano de imaginación y deseo, un “sueño” que es aspiración desde el “yo poético”, centro activo y creativo del poema. Activo porque es el yo lírico, que en primera persona del singular se ubica desde el inicio del poema “Yo lo soñé” siendo quien siente y desea todo lo expresado; creativo ya que, con el pasar de los versos, reconocemos variantes en sus aspiraciones con relación al amor y a ese “tú” sin voz pero presente.
La primera estrofa presenta una triple adjetivación del amor: “Yo lo soñé impetuoso, formidable y ardiente. Los mismos apuntan a describir la pasión con la que se imagina el “yo lírico” amar, algo sin límite ni razón. Si buscamos el significado de estas palabras encontraremos una semejanza en la intención: fogoso, vivo, vehemente, grande y pasional. Su lenguaje también es pasional e impetuoso, entonces su comunicación será con las mismas características.
Tanto el “yo lírico” como el lector se imaginan un “tu”, alguien que da y recibe ese amor y provoca tales sentires. La metáfora “mar desbordado de locura y de fuego” apunta al desenfreno y lo ardiente de ese amor, sin dejar te tener en cuenta las alusiones al agua, en este caso al mar, por su profundidad e inmensidad que no tiene posibilidad de medida, pero anteriormente refiriéndose al torrente.

Las metáforas utilizadas reafirman la idea inicial que se complementa además con la comparación que cierra esta primera estrofa “rodando por la vida como un eterno riego”. Es la constancia y la presencia eterna que siempre se alimenta. Tiene sus altibajos que lo distinguimos en el rodar y su fluir, no es siempre igual, pero está siempre presente. Esta primera estrofa apunta a un amor más sensual y erótico, imagen que se ampliará en el correr del poema.

viernes, 10 de junio de 2016

Rodríguez


ASIGNATURA LITERATURA      3º ros 7 y 8  Prof: Mª Eugenia Suárez
2016.-
Francisco Espínola - Rodríguez

Como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día, ya desde el medio del Paso, con el agua al estribo, lo vio Rodríguez hecho estatua entre los sauces de la barranca opuesta. Sin dejar de avanzar, bajo el poncho la mano en la pistola por cualquier evento, él le fue observando la negra cabalgadura, el respectivo poncho más que colorado. Al pisar tierra firme e iniciar el trote, el otro, que desplegó una sonrisa, taloneó, se puso también en movimiento, y se le apareó. Desmirriado era el desconocido y muy, muy alto. La barba aguda, renegrida. A los costados de la cara, retorcidos esmeradísimamente, largos mostachos le sobresalían.

A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con lo flaco que estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención a los bigotes no le sentaba.

-¿Va para aquellos lados, mozo? - le llegó con melosidad.

Con el agregado de semejante acento, no precisó más Rodríguez para retirar la mano de la culata. Y ya sin el menor interés por saber quién era el importuno, lo dejó, no más, formarle yunta y siguió su avance a través de la gran claridad, la vista entre las orejas de su zaino, fija.

-¡Lo que son las cosas, parece mentira!... ¡Te vi caer al paso, mirá... y simpaticé enseguida!

Le clavó un ojo Rodríguez, incomodado por el tuteo, al tiempo que el interlocutor le lanzaba, también al sesgo, una mirada que era un cuchillo de punta, pero que se contrajo al hallar la del otro y, de golpe, quedó cual la del cordero.-Por eso, por eso, por ser vos, es que me voy al grano, derecho. ¿Te gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta?

Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó sin respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio, Rodríguez volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto que, inclinándose a un lado del zaino, escupió.

-Alegrate, alegrate mucho, Rodríguez -seguía el ofertante mientras, en el mejor de los mundos, se atusaba, sin tocarse la cara, una guía del bigote-. Te puedo poner a tus pies a la mujer de tus deseos. ¿Te gusta el oro?... Agenciate latas, Rodríguez, y botijos, y te los lleno toditos. ¿Te gusta el poder, que también es lindo? Al momento, sin apearte del zaino, quedarás hecho comisario o jefe político o coronel. General, no, Rodríguez, porque esos puestos los tengo reservados. Pero de ahí para abajo... no tenés más que elegir.

Muy fastidiado por el parloteo, seguía mudo, siempre, siempre sosteniendo la mirada hacia adelante, Rodríguez.

-Mirá, vos no precisás más que abrir la boca...

-¡Pucha que tiene poderes, usted! -fue a decir, Rodríguez; pero se contuvo para ver si, a silencio, aburría al cargoso.

Este, que un momento aguardó tan siquiera una palabra, sintióse invadido como por el estupor. Se acariciaba la barba; de reojo miró dos o tres veces al otro... Después, su cabeza se abatió sobre el pecho, pensando con intensidad. Y pareció que se le había tapado la boca.

Asimismo bajo la ancha blancura, ¡qué silencio, ahora, al paso de los jinetes y de sus sombras tan nítidas! De golpe pareció que todo lo capaz de turbarlo había fugado lejos, cada cual con su ruido.
A las cuadras, la mano de Rodríguez asomó por el costado del poncho con tabaquera y con chala. Sin abandonar el trote se puso a liar. Entonces, en brusca resolución, el de los bigotes rozó con la espuela a su oscuro, que casi se dio contra unos espinillos. Separado un poco así, pero manteniendo la marcha a fin de no quedarse atrás, fue que dijo:

-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo!

Y siguió cabalgando en un tordillo como leche. Seguro de que, ahora si, había pasmado a Rodríguez y, no queriendo darle tiempo a reaccionar, sacó de entre los pliegues del poncho el largo brazo puro hueso, sin espinarse, manoteó una rama de tala y señaló, soberbio:

-¡Mirá!

La rama se hizo víbora, se debatió brillando en la noche al querer librarse de la tan flaca mano que la oprimía por el medio y, cuando con altanería el forastero la arrojó lejos, ella se perdió a los silbidos entre los pastos.

Registrábase Rodríguez en procura de su yesquero. Al acompañante, sorprendido del propósito, fulguraron los ojos. Pero apeló al poco de calma que le quedaba, se adelantó a la intención y, dijo con forzada solicitud, otra vez muy montado en el oscuro:

¡No te molestés! ¡Servite fuego, Rodríguez!Frotó la yema del índice con la del dedo gordo. Al punto una azulada llamita brotó entre ellos. Corrióla entonces hacia la uña del pulgar y, así, allí paradita, la presentó como en palmatoria.

Ya el cigarro en la boca, al fuego la acercó Rodríguez inclinando la cabeza, y aspiró.

-¿Y?... ¿Qué me decís, ahora?

-Esas son pruebas -murmuró entre la amplia humada Rodríguez, siempre pensando qué hacer para sacarse de encima al pegajoso.

Sobre el ánimo del jinete del oscuro la expresión fue un baldazo de agua fría. Cuando consiguió recobrarse, pudo seguir, con creciente ahínco, la mente hecha un volcán.

-¿Ah, sí? ¿Con que pruebas, no? ¿Y esto? Ahora miró de lleno Rodríguez, y afirmó en las riendas al zaino, temeroso de que se le abrieran de una cornada. Porque el importuno andaba a los corcovos en un toro cimarrón, presentado con tanto fuego en los ojos que milagro parecía no le estuviera ya echando humo el cuero.

-¿Y esto otro? ¡Mirá qué aletas, Rodríguez! -se prolongó, casi hecho imploración, en la noche.

Ya no era toro lo que montaba el seductor, era bagre. Sujetándolo de los bigotes un instante, y espoleándolo asimismo hasta hacerlo bufar, su jinete lo lanzó como luz a dar vueltas en torno a Rodríguez. Pero Rodríguez seguía trotando. Pescado, por grande que fuera, no tenía peligro para el zainito.

-Hablame, Rodríguez, ¿y esto?... ¡por favor, fijate bien!... ¿Eh?... ¡Fijate!

-¿Eso? Mágica, eso.

Con su jinete abrazándole la cabeza para no desplomarse del brusco sofrenazo, el bagre quedó clavado de cola.

-¡Te vas a la puta que te parió!

Y mientras el zainito -hasta donde no llegó la exclamación por haber surgido entre un ahogo- seguía muy campante bajo la blanca, tan blanca luna tomando distancia, el otra vez oscuro, al sentir enterrársele las espuelas, giró en dos patas enseñando los dientes, para volver a apostar a su jinete entre los sauces del Paso.